El contrato del halcón

EL LUIS

La primera entrega de la Serie “Saula”.

-Estos frijolitos están muy buenos. Voy por una coca.

Salgo de la casa y cuando llego a la esquina, enfrente de la tienda, se frena una camioneta que vende agua purificada. Se me hace poco común que atrás, donde llevan los garrafones, vayan ayudantes, porque por lo regular el chofer es el que arma sus pregones, lleva el agua, cobra y se cuida de que no le vayan a robar.

-Tengo trabajo para ti, –me dice el chofer, aún sin apagar la camioneta.

-¿De qué? Yo no ocupo trabajo ni ando pidiendo.

Al momento se bajan de la caja los cuatro ayudantes del chofer y la sangre se me va a toda velocidad hasta los suelos.

-¡Súbete o te subimos!, -dijo el chofer con los ojos a medio cerrar y luego con los ojos a medio salirse de las esfenoides.

Algo me dice que si escapo me puede ir peor y como cordero llevado al matadero, prefiero subir sin hacer resistencia.

Subo a la caja todo tembloroso, el sudor me sale a chorros y la brújula me falla, tanto así que me golpeo en cualquier movimiento que ejecuto, tal vez por eso los cuatro ayudantes se carcajean, y aunque estoy listo para que me lleven a su suerte, ninguno se sube. Tanta carcajada hace que les siga la corriente.

-Tú vas adelante, -me dice entre risas uno de los ayudantes del chofer.

Todo avergonzado me bajo de la caja e intento llegar a la puerta del copiloto, pero el miedo me hace temblar y se me doblan los pies.

-Ey, ey, ey- me gritan los ayudantes.

Me subo enfrente, el chofer me da una gorra y unos lentes en verdad oscuros, muy poco se puede ver y las carcajadas aún se escuchan.

-Me manda Don Abundio.

-No sé quién es.

-Ya lo vas a conocer.

-¿Me va a matar?

-¿Le hiciste algo?

-No, -respondí con nerviosismo.

-Cuando estemos cerca del pueblo te vas a poner este pañuelo en los ojos. A Don Abundio no le gusta que vean el camino a su casa.

-Usted me dice cuándo.

El camino es interminable y ya llevamos casi una hora de terracería. En realidad no sé si vamos para el norte o para el sur o si ya salimos de Sinaloa. Lo único que sé es que estamos lejos de mi casa.

Se detiene la camioneta y uno de los ayudantes se baja y se acerca.

-Bájate.

Con sudor y temblor me bajo de la camioneta y pienso lo peor.

-Voltéate, -me grita.

Sin tener ni la mínima idea de cuántos grados, me giré.

-Híncate, -me volvió a gritar.

Me quita la gorra y los lentes, pero no tengo el valor de abrir los ojos y siento que me aprietan un paliacate.

-Di tu último deseo.

Al momento se escucha cuando cargan una pistola. Siento que es mi fin.

-Ya súbete, -creo que es la voz del chofer.

Pero como no sé qué tan alejado estoy de la camioneta, primero me pongo de pie y cuando extiendo las manos para sentir si choco con algo como un vil sonámbulo, los ayudantes empiezan a carcajearse.

-Caliente, caliente.

-Frío, caliente.

-Frío, frío, me dicen con burla.

No sé a quién hacerle caso, pero yo hago más el ridículo, hasta que al fin puedo tocar la camioneta. Estoy seguro que fueron dos minutos de espectáculo para esos bribones.

Otra ola de carcajadas se desborda porque no encuentro la manilla. Hasta que todo se vuelve silencio, sé que ya puedo entrar tras escuchar el crack de la puerta.

El motor se enciende y el viaje se reanuda, pero no me da ganas de preguntar nada. Los hoyos que no esquiva el chofer los siento como de un metro de diámetro y las vueltas las siento como si fueran curvas peligrosas, así por una hora de camino.

-Don Abundio, aquí está su encargo. Tú, ya bájate.

Me bajo y solo escucho que la camioneta se aleja y siento cómo dos manos me quitan el paliacate con cuidado.

Don Abundio calza unos huaraches de cuero, pero están limpios, son como los de un señor que tiene los pies sobre la tierra, son pies cuadrados, de campo. Me da su mano y los cayos no me permiten sentirlo a él.

-Desde que bajaste de la camioneta vi que podía confiar en ti. ¿Qué te hicieron esos payasos?

-Nada. Solo fueron por mí y aquí me dejaron.

-Tengo un trabajo para ti. Te quiero presentar al Tío Román, es mi hermano. Él es mi jefe de seguridad y se encarga de que nadie entre a este pueblo de Santa Inés. Te llamé yo porque quiero proponerte para que cuides a mi Saula, mi única hija. Sé que apenas tiene 5 años, pero “La Catrina”, una doña que anda robando niños para sacarles millones a sus padres, anda insoportable e imparable. Te mandé a construir una casa arriba de la nuestra para que nos vigiles como Dios manda y para que nada le pase a nuestra niña. Cada semana te daré tu pago personalmente, pero si el Tío Román te ocupa para alguna misión seguramente te lo dará aquí dentro del pueblo, él sabe perfectamente tu prioridad. Aquí están los juegos de llaves.

-¿No hay un periodo de prueba?, -le pregunté a Don Abundio.

-Puede ser que sí, o puede ser que no. Ahora sí que tú le puedes dar el significado que quieras. Te estoy entregando mi casa  y mi hija. Si no la haces, simplemente te mato. No me gustaría que un desertor anduviera suelto. ¿Entendido?

-Entendido, Don Abundio.

-Muy bien, así me gusta que me digan. Nada de señor o jefe. Y al Tío Román ahorita lo vas a conocer, él te enseñará todo el sistema que debes aprender.

Estoy por irme a mi nueva casa cuando me acuerdo de preguntarle sobre mis descansos.

-¡Don Abundio!

-¿Sí?

-¿Cuál es el día de descanso?

Don Abundio me mira con ternura y no me responde, sólo se voltea sin señal de haberse molestado y se va.

-Aquí no hay día de descanso, hijo, -me dice el Tío Román al entrar a la casa.

Asoleado, sudoroso, tocándose siempre el estómago como si sufriera de gastritis, el hermano de Don Abundio es el más preocupón de la familia y siempre anda acelerado.

-¿Qué? ¿Ya viste tu casa?, -me preguntó el Tío Román con una sonrisa entre burla y compasión.

-No, apenas iba a subir.

-Sobre tus descansos… Pues, no hay. Solamente, por el momento, mándale una carta a tu mamá de que estás bien. Ni les escribas que estás aquí en Santa Inés. Y no te digo esto por motivos de seguridad, sino porque si les cuentas que estás aquí, ningún policía se va a atrever a buscarte aquí. Nomás diles que no se preocupen, que es lo mejor que puedes hacer por ellos. Me dices cuando tengas la carta terminada para que hoy mismo la lean, porque entre más tarde me la entregues más probabilidades es que te reporten como extraviado. Lo estás, pero para que se ahorren todo ese escándalo. ¿Estamos?

Subo las escaleras y la puerta de mi cuarto está abierta y se escuchan risas en el interior. Me acerco a la puerta y aquella niña de 5 años está a un metro de mí, me apunta a mi frente y luego al corazón y cuando estoy a punto de hablarle…

-¡Pew-pew!, -imita el sonido de dos disparos certeros, con su voz delgadita y dulce. No tengo otra opción que dejarme caer al suelo y cierro los ojos.

Siento que la niña me pasa por encima y comienza a llorar.

-Papá, yo no lo maté, -se escucha  la voz de Saula a lo lejos.

No sé si deba salir a aclarar que me dejé caer o esperar a que el Tío Román me dé un cachazo con su pistola. Espero y que no pase a mayores.

Escucho las lágrimas de la Saula más cerca y los pasos del Tío Román y mejor me quedo tirado y con los ojos cerrados, que pase lo que tenga que pasar.

-Ahí está, tío.

-Híjole, le disparaste, pero lo puedes revivir, hija. Te voy a enseñar cómo se hacen estos negocios vitales, cruciales y artesanales.

Abrí un ojo como un milímetro y cuando vi que el Tío Román me iba a dar respiración de boca a boca…

-¡Estoy bien!¡Estoy bien! No existe la luz blanca.

Y me puse firmes.

-Ves, Saula, no lo mataste, aquí está nuestro halcón como nuevo. Te presento a Régules, él te va a cuidar, planchar, lavar, hacer de comer, llevar a la escuela y te va a contar tus cuentos para que te duermas. Él es muy bueno para eso de la escritura, – le dice el Tío Román a Saula, y ella ni muestras de desconfianza, solo me ofrece su media paleta toda chupada como pacto de familia.

-Está buena, Régules.

-¿La paleta?

-Sí, mi paletita. Es tuya.

Y no me queda de otra que darle mi primer chupada a esa paleta. Aparte no me imagino como cocinero ni como lavandero ni como cuentacuentos, pero ya acepté este trabajo y no es periodo de prueba. A Dios rezando y con el mazo dando.

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